Culpable
Es de noche,
está lluvioso, y María Inés bebe un café humeante mientras descansa en un
amplio sillón leyendo de a ratos una revista de decoración de interiores.
Rodolfo, el esposo, prepara un puré de manzanas, su especialidad, para
acompañar un corte de cerdo que está comenzando a despedir su aroma. La noche,
aunque gris, promete a estos dos esposos una cena especial, como todas las
noches en realidad. Un plato sofisticado y una botella de vino fino sobre la
mesa frente a la laguna del barrio privado donde viven hace años.
De repente, María Inés, dejando los lentes sobre la mesa ratona, se levantó y caminando hacia donde su esposo cortaba las manzanas le preguntó con cierta preocupación:—¿Gordo, no te pusiste el reloj hoy? El reloj a que se refería era un exclusivo modelo de una marca americana que Rodolfo había comprado en un viaje a Estados Unidos y que lucía solamente para ir al banco donde trabajaba.—No gorda, me lo olvidé hoy a la mañana, supongo que sobre la mesa de luz donde lo dejo siempre de noche. Me abroché mal la manga de la camisa, se me hacía tarde, y ahí se ve que me lo olvidé. Con asombro, María Inés preguntó: —¿En la mesa de luz? Yo hoy estaba leyendo y en un momento apoyé el libro de tu lado porque quería buscar algo del placard, y no lo vi.
—¿Cómo que
no lo viste?— preguntó Rodolfo asustado.
—No, no lo
vi. Pensé que lo habías llevado, por eso me sorprendí cuando no te lo vi
puesto.
—No amor, no
lo lleve. Vamos a ver a la habitación.
Al llegar,
vieron todo ordenado. La cama perfectamente armada, aunque un poco arrugado el
cubrecama porque María Inés había estado leyendo, todo limpio y perfumado. Pero
el reloj no estaba. Furiosa, María Inés desarmó violentamente la cama. Se tiró
al suelo para revisar debajo. Abrió con fuerza los cajones de las dos mesas de
luz. Y nada. El reloj no aparecía por ninguna parte.
Desesperada,
mientras Rodolfo reprimía su preocupación para calmarla, María Inés se sentó
sobre la cama, ahora desarmada, intentando resolver el misterio. Se puso a
pensar lo que había hecho en el día. Si había visto el reloj, si este realmente
estuvo en la mesa de luz como suponía Rodolfo o en otra parte de la casa. Era
mejor pensar donde podía estar a revisar toda la casa, tarea que dadas las
dimensiones del inmueble llevaría horas.
—¿Estás
seguro que lo dejaste acá?— preguntó a Rodolfo con una cierta calma.
—Y... creo
que sí. Yo lo dejé en la mesa de luz— respondió Rodolfo dudando—. Como te conté
María. Me lo estaba por poner, me abroché mal la manga de la camisa y en el
apuro me lo olvidé. Yo estaba seguro que estaba acá por eso al llegar ni
siquiera me preocupé por venir a buscarlo. Sabía dónde estaba, o eso creía.
—No puede
ser, hay miles de dólares en ese reloj. No podes haberlo perdido.
—Pero lo
perdí María. Pero no lo perdí en la calle, lo perdí acá en la casa.
—Bueno acá
no está– dijo María cada vez más confundida.
Rodolfo,
sentándose en la cama junto a María Inés, le tomó la mano y con cierta
vergüenza le dijo:.
—Escuchame
María, no tomes a mal lo que te voy a preguntar, no estoy culpando a nadie pero
esto hay que
resolverlo. ¿Vino Antonia hoy?
Antonia era
la empleada doméstica que hacía años trabajaba en la casa. Hacía las tareas de
limpieza, de jardinería, cocinaba en los almuerzos, paseaba el perro por el
barrio privado. Hacía todo lo que María Inés no sabía hacer, y lo que no le
correspondía hacer. Mantenía una relación cordial con sus jefes aunque a veces
era víctima de cierta explotación. Trabajaba de lunes a viernes en la casa, y
ese jueves había estado allí. Había limpiado la habitación, había armado la
cama. Y era la principal sospechosa de haber hurtado el lujoso reloj de
Rodolfo.
—Sí, vino—
respondió María Inés, sorprendida por la acusación—. ¿Vos decís que pudo haber
sido ella?
—Mirá amor—
respondió Ricardo seguro de lo que decía— yo no quiero culparla, pero yo estoy
seguro que
lo dejé acá. Vos no lo viste. ¿Quién fue?
—Yo me
levanté a eso de las diez, salí rápido hacia el baño. No lo vi la verdad— dijo
María Inés intentando recordar—. Ella estaba en el comedor. Cuando me vio
levantada me saludó y me preguntó si podía hacer la habitación a lo que le
respondí. Y entró.
—Fue ella
amor. Es triste, pero fue ella. Yo no me lo llevé, vos no lo viste. Fue ella.
Ella lo robó.
Vio la
oportunidad y se lo llevó. Para alguien como ella ese reloj es un tesoro.
—No lo puedo
creer. Me cuesta creerlo— habló María Inés al borde del llanto. Con todo lo que
le di, le regalé un montón de cosas. Pensé que era alguien humilde, honesta. Le
di mi confianza. Y me robó. Es una ladrona.
—Es difícil,
pero es así María. No hay otra posibilidad— dijo Rodolfo.
—Paraguaya
de mierda, ladrona de cuarta—gritó María Inés furiosa, levantándose de la cama
de un salto y pateando la pata.
Al día
siguiente, cuando Antonia entró como de costumbre a la casa, a las ocho de la
mañana,
María Inés
la increpó sin siquiera saludarla. Se le paró delante y comenzó a gritarle:
—¿Por qué hiciste una cosa así?
Antonia,
sorprendida por esa inusual bienvenida, le preguntó con un tierno acento
paraguayo:. —¡Ay! ¿Qué hice señora? ¿Rompí algo? Le juro que no me día cuenta.
Discúlpeme.
—No te hagas
la boluda. Sabes perfectamente de qué estoy hablando.
—No señora,
no entiendo nada.
—El reloj de
mi marido. Estaba en su mesa de luz. Vos estuviste trabajando en la habitación.
Vos te lo
llevaste. Vos lo robaste.
Antonia,
entristecida por semejante acusación, le respondió con los ojos llorosos:.
—No señora,
hay una confusión. ¡Por Dios!
—Ninguna
confusión. El reloj estaba en la mesa de luz de Rodolfo. Se lo olvidó a la
mañana ahí arriba. Ala noche cuando volvió lo fuimos a buscar y no estaba.
Revisamos toda la casa y no está. Él está seguro de que se lo olvidó ahí, en la
mesa de luz. Yo no lo vi porque salí al baño y no mire para su costado. Vos
estuviste en la habitación. Ahí estuvieron el reloj y vos. Pero el reloj no
está. Para mí es muy claro.
Antonia,
cada vez más confundida, respondió con la voz cortada, mientras una gota de
sudor recorría lentamente mejilla:
—Señora,
María Inés, le juro que yo no me llevé nada. Sería incapaz de hacer algo así.
—Eso dicen
todos los ladrones— juzgó María Inés inquisitiva.
—Yo no soy
una ladrona señora.
—No hay otra
posibilidad. No te creo.
—Yo no tengo
ese reloj. Rodolfo se lo habrá olvidado en algún otro lugar. —Rodolfo se lo
olvidó acá. Se abrochó mal la camisa, y cuando iba a ponérselo, a levantarlo de
la mesa de luz donde lo deja todas las noches, se volvió a abrochar la camisa,
ahora correctamente, se le hizo tarde y en el apuro se lo olvidó. Y se le
olvidó en el lugar donde vos estuviste casi toda la mañana.
—Señora, por
favor, créame. Yo no lo tengo.
—Con todo lo
que te di, las cosas que te regalé. La confianza. Te di las llaves de mi casa,
te di una cobertura, te blanquee para garantizarte tus derechos. Me pagas con
esto, robando el reloj que mi marido tanto quiere.
—María Inés,
no sé qué más decirle. Yo no fui, yo no lo tengo. Revisemos bien, yo no me lo
llevé. Yo
siempre estuve muy agradecida con usted y su esposo. No podría pagar con una cosa
así.
—Está bien—
le dijo María Inés, aceptando la propuesta de Antonia de revisar la casa,
segura
que esto
confirmaría la culpabilidad de la empleada— revisá la casa, yo voy con vos.
Comenzaron
revisando cada rincón de la habitación y siguieron por el resto de la casa. La
hizo dar vuelta todo. Le hizo correr los sillones, los muebles, los
almohadones. Al cabo de una hora terminaron la búsqueda y regresaron al
comedor. Allí María Inés, angustiada por no encontrar el reloj pero con cierta
alegría por confirmar la acusación contra Antonia, le dijo firme: —No hay nada
más que decir. —Es verdad, no está, pero yo no fui, no lo robé— se defendió
Antonia una vez más.
—Se terminó,
no quiero escucharte más.
—Le estoy
diciendo la verdad— insistió Antonia.
—Mirá,
anoche lo hablamos bien. Espero equivocarme, pero no tengo temor a eso. No hay
duda de que fuiste vos, digas lo que digas. Rodolfo se lo olvidó en la
habitación, revisamos toda la habitación y no está. Y vos estuviste media
mañana en esa habitación donde estuvo el reloj. No te quebrás, no lo devolvés.
Seguís mintiendo.
—No miento—
gritó Antonia llorando.
—Mirá— la
frenó María Inés evidentemente alterada—. Hemos decidido que no queremos que
trabajes más en esta casa. —¿Cómo?— gritó Antonia— ¿De qué voy a vivir? ¿Qué
voy a hacer? No puede hacerme esto, le estoy diciendo la verdad.
María Inés
sin dudar un segundo de su acusación, sin pensar estar equivocada y sin
compadecerse lo más mínimo por la desesperación de Antonia, le confirmó su
decisión.
—Es una
decisión tomada. Te vamos a pagar la indemnización correspondiente. Créeme que
esto es muy difícil para nosotros, pero no te podemos perdonar. Yo no tengo
dudas de que fuiste vos, aunque lo niegues.
—No puedo
creer esto— respondió Antonia realmente compungida—.
—Créelo
Antonia, no tengo otra alternativa.
—Está bien.
Dos cosas solamente le voy a decir. Gracias por todo y yo no fui. Demostrando
una vez más su nobleza, Antonia se despidió dándole un beso en la mejilla
inmóvil y orgullosa de su ahora ex patrona. Y se fue.
A la noche,
cuando Rodolfo regresó del trabajo, preguntó a María Inés si había hablado con
Antonia.
—Sí, fue
terrible. Fue muy incómodo, trató permanentemente de negar todo.
—A mí me
duele mucho— dijo Rodolfo con pesar–. Pero es muy que fue ella. Yo se lo que
pasó. Yo dejé el reloj en la mesa de luz. Hoy pensé todo el día. ¿Lo dejé ahí?
¿Se me habrá olvidado en algún otro lugar? Y la memoria me confirmaba una y
otra vez que el reloj estaba ahí, en la mesa de luz. Recordaba constantemente
el momento. Me abroché mal la manga de la camisa, y en el momento de ponerme el
reloj, lo fui a buscar pero no lo agarré. Me concentré en la manga. Después no
me acuerdo por qué salí de la habitación, creo que el perro ladraba, no sé. Y
después salí al comedor para irme. Antes te saludé, no sé si te acordás. Vos
dormías, apenas te despertaste un segundo. Te saludé de lejos, casi al pasar
porque se me hacía tarde. Ahí tenía que agarrarlo, pero el apuro me lo hizo
olvidar. Me levanté tarde y en realidad estuve toda la mañana apurado.
—Es muy
claro— lo apoyó María Inés—. La hice revisar toda la casa, yo iba detrás. No
apareció
por ninguna
parte.
—¿Cómo tomó
la decisión de despedirla?
—Imaginate.
Negó todo y se fue llorando. Pero no podía creerle.
—Los
ladrones son así amor— dijo Rodolfo confirmando su teoría—. Aunque la
oportunidad hace al ladrón. Quizá no tiene la mentalidad de otro un ladrón.
Pero lo vio ahí, regalado, y no se pudo resistir. Por eso lloraba, seguramente
es la culpa y la bronca de haber arruinado esta relación laboral. —Si seguro,
no podía quebrarse y confesar— agregó María Inés—. Entre decir la verdad y
negar la acusación, eligió negar. Llevaba las de perder.
—¡Qué
tremendo!— se lamentó Rodolfo recordando el reloj—. ¿Qué habrá hecho con el
reloj? Lo habrá vendido por migajas. Veinte mil dólares me costó. ¿Te acordás
María? Yo puse la mitad y la otra mitad Edgardo. Fue un medio regalo. No lo
puedo creer, era hermoso. No había en el banco quien no lo mire.
Esa noche se
fueron a acostar temprano, minutos después de la cena, notablemente afectados
por la situación. Al día siguiente fue sábado, la casa seguía normal. Antonia
no trabajaba los sábados. El domingo, que tampoco trabajaba, con una barrida de
María Inés como de costumbre, la casa mantenía su orden. El problema comenzó el
lunes, cuando después del fin de semana la casa esperaba a Antonia. El problema
se extendió a todos los demás días, toda la semana. María no daba abasto.
Parecía que la casa se había rebelado contra ellos y se ensuciaba sola. María
no sabía programar el lavarropas, juntar lo del perro, armar la cama. En su
desesperación intentó contratar una nueva empleada. Llamó a sus amigas, que
todas tenían empleada, para ver si podían recomendarle alguna. “Tenemos que ver
bien a quién entramos”, decía Rodolfo. “Si Antonia, quien trabajó años, nos
robó en la cara, imagínate alguien que no conocemos. Tiene que ser bien
recomendada”.
Pasaron tres
semanas y no habían conseguido a nadie para reemplazar a Antonia. De ella
tampoco sabían nada desde ese viernes. Sólo estaban arreglando mediante sus
abogados el tema de la indemnización. La casa desbordaba de suciedad, de ropa
sucia, de cosas desordenadas. María Inés hacía lo que podía, extrañando a
Antonia solamente desde lo laboral, aunque sin pensar nunca en su posible
inocencia. Rodolfo venía de trabajar y no podía hacer ningún quehacer,
excusándose en su cansancio, excepto dedicarse a la cocina, que lo hacía muy
bien. Así transcurrieron los días. Sin el reloj y sin Antonia.
Una mañana,
después de desayunar y ponerse el traje que tanto le gustaba, Rodolfo se fue al
garaje de la casa, despidiendo a María Inés, rumbo al trabajo. Entró en el
garaje, prendió la luz y fue donde estaba su caja de herramientas, guardada
entre miles de cosas, objeto por el que María Inés nunca se interesaría. La
abrió, y mirando alrededor, con miedo, aunque seguro que María Inés había
entrado a bañarse, sacó uno de los fajos de dinero que le habían dado por el
reloj. Ese día le tocaba abonar el viaje en crucero que un mes después
emprendería con su amante.
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